Como cada año, durante los primeros compases del mes de marzo asistimos a la festividad del Patrón de los enfermeros. Fijada el 8 de marzo, desde mediados del siglo pasado, en conmemoración a la muerte, en 1550, de san Juan de Dios, el loco de Granada. Pero, ¿quién fue realmente este personaje y qué tipo de vinculación tuvo con la ciudad de Córdoba? Hagamos un poco de historia.

Su verdadero nombre fue Juan Ciudad Duarte, nacido a finales del siglo XV en el seno de una familia de origen judeoconverso asentada en la villa portuguesa de Montemor-o-Novo. Si bien, y a pesar de este interesante matiz, relativamente pronto se establece en territorios castellanos, donde intenta abrirse hueco como rabadán en la encorsetada sociedad de su tiempo, llegando incluso a embarcarse en algunas de las campañas bélicas del Emperador, como la defensa de Fuenterrabía o el auxilio de Viena. Además de ejercer durante algunos años como sirviente en Ceuta o vendedor ambulante de libros en Gibraltar.

Sin un horizonte definido, a la altura de 1538 se traslada definitivamente a Granada, donde consigue poner en marcha una pequeña librería en la concurrida calle Elvira. A los pocos meses de su establecimiento en la ciudad, decide acudir a la ermita de los Mártires para escuchar un sermón a cargo de san Juan de Ávila. Un hecho de especial significación en la trayectoria de nuestro protagonista, pues a raíz de aquella prédica se ve arrastrado a una profunda conversión interior, que lo llevará a despojarse de todos sus bienes materiales y a dedicar su vida al servicio de los pobres y los enfermos.

Pese a unos inicios complicados, no exentos de calamidades e infortunios de todo tipo, la causa del loco de Granada poco a poco va cogiendo forma, ganando adeptos y benefactores entre las clases más privilegiadas y acreditadas de la ciudad (el caballero veinticuatro García de Pisa, el arzobispo Pedro Guerrero, el propio san Juan de Ávila, etc.) Su firme convencimiento y el respaldo económico que va recibiendo son argumentos más que suficientes para poner en marcha su primer hospital, sito en la calle Lucena, destinado a la asistencia de los sectores menos favorecidos de la antigua capital nazarí. El precedente inmediato del hospicio de la Cuesta de Gomérez.

Su abnegada entrega a enfermos y menesterosos, y la relevancia que iba cogiendo su obra, pronto le valieron para ser conocido en la ciudad con el apelativo de Juan de Dios. Consolidando un particular legado de hospitalidad, cada vez con más seguidores, que empezaba a trascender progresivamente del ámbito local granadino para hacerse presente en las principales ciudades castellanas.

Baste remitirnos a las cartas que Juan de Dios cruzó con doña María de los Cobos Sarmiento y Mendoza, flamante duquesa de Sessa por matrimonio, para certificar la presencia del Santo granadino en Córdoba. Unos testimonios realmente valiosos, que nos sirven, además, para advertir la vocación más absoluta a la hora de asistir a todas las personas pobres y enfermas que encuentra a su paso. He aquí un extracto de las dichas misivas:

«… cuando estuve en Córdova, hallé una casa con gran neçesidad, en la que habitaban dos donçellas que tenían al padre y a la madre enfermos en cama, tullidos diez años hacía. Tan pobres y maltratados los vi que me quebraron el coraçón. Estaban desnudos, llenos de miseria y con unos açes de paja por cama. Socorrilos con lo que pude […] Con estas prisas, dejé encomendados estos pobres a çiertas personas y pusiéronlo en olvido, o porque no quisieron o no pudieron más. Me han escrito una carta que me han hecho quebrar el coraçón de lo que me enviaban a deçir […]».

Un modo de ejercer los “cuidados” tan personal y genuino como necesario en la España del Siglo de Oro. Por ello, no nos debe de extrañar que a la muerte del Santo sus seguidores decidiesen continuar con el legado y la obra juandediana. Multiplicándose exponencialmente el número de centros inspirados en su manera de ejercer la hospitalidad en un breve lapso de tiempo.

Y precisamente Córdoba fue una de las primeras ciudades en contar con la presencia de los hospitalarios, todavía poco o nada institucionalizados a nivel canónico. De hecho, para normalizar la situación de aquella confraternitas, en agosto de 1570, fueron enviados a Roma dos religiosos cordobeses: Sebastián Arias, originario de Carcabuey, y Pedro Soriano, natural de Bujalance, quien a la postre se convertirá en Superior General de la Orden. Una expedición de capital trascendencia para los juandedianos, ya que lograron que Pío V les concediese el breve Salvatoris Nostri y la bula Licet ex debito, que aprobaban la constitución canónica de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

Por otra parte, no debemos olvidar que en aquellas mismas fechas Baltasar de Herrera —hijo de los marqueses de Camarasa, tras profesar los votos, conocido como el Hno. Baltasar de la Miseria— fue comisionado, por orden regia, para hacerse cargo de administrar y gestionar el Hospital Real de San Lázaro de Córdoba. Según las fuentes que hemos manejado, un inmueble situado en el Campo de San Antón, a extramuros de la ciudad, que desde tiempos medievales venía ofreciendo cobertura asistencial tanto a pobres de solemnidad como a afectados por la peste.

De esta forma, y prácticamente sin solución de continuidad, echaba a andar el proyecto juandediano en la Ciudad de los Califas, bajo la supervisión y el buen juicio del Hno. Baltasar de la Miseria. Si bien, conviene apuntar que no sería hasta 1580 cuando Felipe II, consciente de la labor y atención que profesaban aquellos religiosos hacia los más desfavorecidos, otorgase a la propiedad y bienes del hospital a la Institución Hospitalaria.

Ni mucho menos iba a ser el único establecimiento regido y administrado por los Hermanos de San Juan de Dios en el Reino de Córdoba; puesto que también lograron implantar comunidades en Lucena, por voluntad expresa del Fundador (1565), en Cabra (1586), Priego de Córdoba (1638), Montilla (1664), Bujalance (1664), etc.

Así las cosas, los reconocibles hábitos negros de los juandedianos comenzaron a ser una constante por las calles cordobesas, y una garantía para los sectores con menos recursos; permaneciendo al servicio de los enfermos hasta la invasión francesa y los procesos desamortizadores de la primera mitad del siglo XIX. A partir de entonces el antiguo Hospital de San Lázaro pasó a ser administrado por los militares, siendo completamente arrasado por un incendio en la madrugada del 25 de julio de 1867.

Para fortuna de los cordobeses, desde 1934 el carisma y el legado de la hospitalidad volvieron a hacerse presentes en la ciudad, gracias a la donación de la finca de San Pablo, localizada en la carretera del Brillante, en las estribaciones de la sierra, que provocó el retorno de los religiosos. Y la consecuente fundación del Hogar-Clínica de San Rafael, actualmente denominado Hospital San Juan de Dios de Córdoba, donde los valores y la manera de ejercer la hospitalidad heredados del loco de Granada siguen marcando el tempo del centro asistencial cordobés.

Fachada Hospital San Juan de Dios de Córdobaweb

Fachada principal del Hospital San Juan de Dios de Córdoba. Fuente: https://hsjdcordoba.sjd.es/node/5403 Consultado el 5 de marzo de 2022.